caballo Salvaje

Merece la pena que a veces me falten las palabras, ya que luego, cuando fluyen, me resultan deliciosas…

Me confieso:


Me asombra la vida. Me maravilla, me fascina. Me aturde tanto esplendor en tan poco cosmos. Me acelera el corazón, me dilata las pupilas. Me marean luces rojas, verdes, blancas. Me corrompen melodías, exóticos paisajes, llaves que no tengo… Soy entusiasta hasta la médula y desde las mismas entrañas. Pero esto no quiere decir que sea una ilusa; sino que vivo con esperanza. Habito una insólita y excepcional utopía, que es auténtica y verídica y, por si fuera esto poco, justo ahí he construido mi guarida y acojo a gente que precisa de mi abrazo y de mis brotes optimistas. Sin embargo, no me las doy de altruista. Para que quede ya claro; yo saco mucho más que ellos. Siempre lo hago. A veces incluso llego a pensar que es puro egoísmo. Y es que adoro las huellas que me dejan, los aromas que descubro…  Soy maestra en esta escuela pero alumna al mismo tiempo y es fantástico porque ya no pierdo más el tiempo.

Las puertas continuamente abiertas y, mis manos, aguardando un nuevo reto.

Hablar de ti es llenar mi boca de miel silvestre y nueces. Siempre dejo que se deshaga despacio, sin desperdiciar ni una milésima. Al inicio es dulce y luego… Se vuelve un huracán de sensaciones, una mezcla siempre innovadora que estalla en el paladar y acaba su número convirtiéndose en mariposas en mi estómago. Mariposas acróbatas que baten sus alas sin cesar. Algunas tienen ojos en las alas, esas son las más hermosas; otras parecen vestir trajes de novia de colores floreados y, las más sencillas, dedican su tiempo a la música y anhelan eternos conciertos…

He llegado a latir otras verdades antes que la mía. He llegado a depender de un extraño. De un exótico cruce de cables en torno a un azul inmaculado, eterno; de lo más oculto y esencial de unas entrañas. De un alma pura, limpia, cierta… y extraña, sin embargo. Y es que, al fin y al cabo, ¿qué no es forastero en esta ciudad de despojos y de embustes?

 

Seamos sensatos y perdamos la cabeza; merece la pena catar otras pieles.

De haberlo sabido, mujer, 
no hubiera cogido ese tren…

Tenía la nariz más diminuta y exquisita de toda
la ciudad. Una pena, sin duda, que no llegase a 
distinguir su propio aroma… Cuando se enfadaba, 
se arrugaba y desaparecía así ese puente con salto 
al paraíso. Podría ser el capricho, la musa 
o incluso el pecado, de cualquier otro poeta. 
No obstante, me eligió a mí. 

(Todo eso, querido, es solamente su nariz: imagínate su espalda. 
Lleva mi nombre, e igualmente, no es de este mundo.)

Radiografía sentimental:

Doy gracias al cielo por ser una bestia en esta jungla y no un bello pero frágil sueño alado. Según pasan las estaciones por este tren eterno, he descubierto nuevas formas de volar y de tocar las nubes; blancas, como yo a lo lejos. He amado en secreto día tras día y me he hecho fan de lo que dictan cuatro notas a piano y baja luz. Me he matriculado en geografía emocional y he llenado mis rincones de mapas del tesoro. Algunos no encerraban más que engaños verde agua y otros, escondidos en mi alcoba, están marcados con carmín. De todos modos con esto, no pretendo ganar sino llenar, si cabe más mi alma. Mi cuaderno pongo de testigo, mis errores de señal, mi sonrisa prueba A. Pido siempre perdón, sin embargo, no me arrepiento. He ahí la clave, el sentido, el norte de esta brújula que jamás cesa de mostrarme el camino… Son, de hecho, pocas cosas de las que sentirme orgullosa y tantas que me recuerdan lo afortunada que soy en este laberinto de palabras y objetivos… Soy la reina de esta tierra y no es herencia ni elección: es perseverancia y luego, al final, satisfacción. Mi almohada está firmada con un “no se puede vivir con miedo” y es la única que ha catado hoy mis lágrimas.

Dichoso es el tiempo, cesante y sin pausa.

Con pausa que duele, que quema y que llora.

Malditos kilómetros que me atrapan aquí,

aquí en esta cárcel,

aquí sin salida.

Por ahora.

Pero voy a seguir aquí; hasta que la música se acabe, hasta que se apague la vela, hasta que se me sequen los ojos, la boca, la pluma… Hasta que no haya un mañana y pierda sentido este viaje.

Voy a seguir aquí, porque, aunque a veces no me lo crea,

tengo los mejores motivos.

Recuerdos de alcoba:

Miré hacia arriba y sentí que la inmensidad del universo se había condensado en plantas y ventanas. Estaba nerviosa y notaba como el corazón me desabrochaba aprisa los botones de mi nueva chaqueta; para salir airoso de todo aquello. Estrenaba zapatos, también, me rozaban los talones, pero no me importaba. Quería estar muy guapa. Guapísima.

Comencé a subir y a subir y a subir hasta que eternos corredores blancos transformaron la espera en la ronca carcajada que llevaba alumbrando mis sábados toda una vida.

Me costaba concentrarme entre tanto pitido y mi atención se veía amenazada entre ese clásico olor y la marabunta de cables y artilugios alrrededor de la cama. Sus manos, cargadas de experiencia, señalaron una foto sin marco, un poco arrugada y sujeta a un aparato. Respondí con la mirada al verme ahí, sincera y sonrriente y él, volvió a señalar la foto.

-Esto me puso bueno, número uno, esto fue.


-Y lo hará siempre abuelo.


(En aquel momento no llegué a pensar lo que suponían aquellas palabras y me limité a reafirmar lo dicho en sus brazos. Claro que, años después, me doy cuenta del valor inmensurable que me llevé aquella tarde a casa.)

Me hace sentir especial follar con alguien especial

Me encantan las noches de verano eternas, cálidas y violetas. Me recuerdan a lo que soy en realidad y me hacen olvidar este disfraz tan frío que me empeño en vestir cada mañana. Me gustan porque son para mí y me siento como si vistiera eternamente esa prenda que tan bien me queda. Además, hacen sonar la canción que nunca quiero que se acabe; y huelen a risa y a mar y te acompañan para siempre. 

Adoro las noches de verano y sé que no tardarán en volver, para no marcharse nunca más.

Nobles nubes blanquecinas dibujan señales, formas, palabras en el horizonte. Son para mí; es mi labor descifrarlas. Me acerco a ellas a través de este folio, pero se mantienen turbias, carecen de nitidez. Distingo una entre todas, es pequeña y parece sonreírme. Me aproximo, le brindo mi mano y desaparece. Así es siempre. Pero no me canso. Creo música para atraerlas, cocino delicias para despertarlas, construyo puentes, camas de algodón y sábanas e seda… Perfumo cada rincón de mi ser y aun así, son esquivas. Entonces, un día, me relajo y aparece la ocasión de tocar una, de morderla, de besarla. Todo se vuelve real y el dolor se ausenta, al menos, por un instante.